domingo, 20 de octubre de 2013

La península de Mani

De Kardamili hasta el sur de la península de Mani, en Laconia, la estrecha carretera atraviesa la cadena montañosa del Taigetos. Su recorrido sinuoso se nos hizo pesado. El calor del verano y las curvas cerradas no son las mejores compañeras de viaje, por ello, para refrescarnos, tuvimos que hacer varias paradas entre Agios Nikolaos y Trahila. 


El paisaje árido del Mani contrasta de maravilla con el azul profundo del mar. Tanto la costa como el interior del Mani están salpicados por las típicas casas torres, tan características de esta zona del Peloponeso. Muchas veces, tienes que hacer un verdadero esfuerzo visual para verlas, ya que al ser de piedra se confunden con el propio terreno montañoso.


Durante siglos, estas casas torres estuvieron habitadas por clanes, con organización tipo feudal, que provenían de zona bizantina y que llegaron aquí alrededor del siglo XIII. Estos clanes estuvieron enemistados durante siglos, pero llegaron a unir fuerzas, en 1821, para luchar juntos y así conseguir la independencia de la zona del dominio otomano.

Estos clanes familiares lucharon unidos bajo el mando del jefe de un clan, el de los Mavromijalis de Areopolis -en aquella época se conocía la ciudad de Areopolis con el nombre de Tmisova, pero le cambiaron el nombre en honor del dios de la guerra Ares-. Ese mismo año, liberaron Kalamata del dominio otomano y así consiguieron la independencia de toda esa área geográfica.



La península de Mani ha soportado el paso del tiempo sin alteraciones. Es más, parece que el tiempo se detuvo en este lugar tan curioso y único. Resulta indiscutible que mantiene sin apenas cambios evidentes su identidad frente a las influencias modernas. Es un mundo dentro de otro mundo que es el Peloponeso. 

Laconia es un destino que no deja indiferente, por su gran diversidad de paisajes y por su riqueza arqueológica.


Mientras recorres esta parte del Peloponeso, merece la pena hacer una parada y visitar alguno de los pueblos de Mani, muchos de ellos perfectamente conservados. Algunos parecen detenidos en el tiempo, dado que se mantienen firmes y sin inmutarse. Un buen ejemplo de ello es la ciudad de Vathia. 


Esta villa está enclavada sobre la cumbre de una colina. Las típicas casas torres de piedra de Vathia son las que desafian, practicamente solas y deshabitadas, los avatares, a veces crueles, de la naturaleza, de la climatología y del transcurrir del tiempo. Deambular por las estrechas y desérticas callejuelas de Vathia, solamente acompañada por el tenue silbido del viento, se convierte en una experiencia difícil de olvidar, por lo extraño que resulta un lugar como este, solitario, silencioso y mágico.


Atravesamos villas donde las casas torres definían su peculiar fisinomía y descubrimos que el tiempo no ha sido cruel con ellas: Proastio, Kastania, Riglia, Platsa, Lagada, Kelefa, Karavas, Kounos, Alika, Pirgos Dirou, Kita, Alika y Lagia. 

Aquí en Mani, el material que se ha utilizado para construir las viviendas son piedras de la zona,  sólidas y bellas.


La península de Mani, cuya columna vertebral es la cadena montañosa del Taigetos, termina  en el cabo Matapán o cabo Tenairo. Allí, a los pies del cabo Tenairo, se encuentra desafiando al mar y a una dura climatología, el Oracle de Poseidón o Santuario de Poseidón. El mar y sólo un paraje aparentemente desértico es el escenario que le ha acompañado durante siglos.


Nos bañamos en una pequeña playa, muy cerca del santuario de Poseidón. Fue un baño muy agradable, por la belleza del entorno y también por la temperatura ideal del mar.
El paisaje de Mani sorprende por lo inaudito. Estos parajes, en apariencia áridos, esconden una agradable sorpresa para el visitante, ya que no esperas que abarquen una gran variedad botánica y realmente la hay: plantas aromáticas, hierbas medicinales y bellas flores que sobreviven en un territorio aparentemente hostíl. 

Acantilados de vértigo como los de Gerolimenas o Mezapos, con poca vegetación cerca del mar, conviven en cercanía con lugares con una mayor riqueza vegetal y una mayor biodiversidad, sobre todo, en las zonas más altas y protegidas del viento y del sol.


Desde luego que la península de Mani es, en cierto modo, la prueba evidente de la prodigalidad y generosidad de la Naturaleza con esta tierra.

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